Echo de menos tu olor, y la esencia que desprendías a las 8 de la mañana nada más despertarte, ese olor que sentía cada vez que recorría tus curvas. Pisando tus calles me aseguré de que echaría de menos esa textura hoy, mañana y pasado. Me enamoré locamente del olor a café que desprendías a cualquier hora del día y también de tus extraños horarios para desenvolver las acciones, es algo de lo que nunca pensaba que me enamoraría, pero sí y lo hice con la mayor facilidad del mundo, créeme.
Mientras subía a mi asiento soñé que era verano. Que volvía a recorrerte de punta a punta, con mi pantalón corto y de nuevo en su compañía. Sintiendo en mi cara la brisa que solo encontré en aquel lugar. Y sobre todo que estaba viendo ese paisaje con el que se me inunda la vista nada más recordarlo. Echo de menos ver la tranquilidad con la que se mojaban tus aceras, y hay que decir que nunca me ha gustado la lluvia… Me abrazaste en el último segundo y era lo único que necesitaba para sentir como se me nublaba la vista y como mi cara se empapaba poco a poco.
Creías que alejándote dejaría de cogerte cariño y por lo tanto estaría a salvo. Te veía haciéndote pequeñita conforme el tren se alejaba y ya te estaba echando de menos.
Y créeme que más de lo que te odio ahora no puedo odiarte. Porque de hecho te odio tanto que no podría acabar de escribir cuantísimo lo hago en este momento. Duele el odiarte. Duele el tener que hacerlo. Te odio tanto que no quiero escuchar tú nombre ni lo más mínimo que se refiera a mi estancia allí, no hasta el día que esté en el camino de vuelta.
Te echo de menos, mi querida Inglaterra.
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